El liderazgo basado en el “nosotros”

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Bajo la premisa de que “lo que es bueno para los individuos y para la sociedad acaba siendo bueno, prácticamente siempre, para las empresas”, Luis Huete y Javier García aseveran que el crecimiento personal de aquellos que dirigen una compañía ya no se basa en el beneficio propio, sino en pensar en el bien común.

En su libro Liderar para el bien común, Huete y García refieren que actualmente existe una necesidad de individuos capaces de tomar decisiones que vayan más allá de dar órdenes, es decir, que desarrollen un sentido de responsabilidad tanto con sus colaboradores (asegurarse de que mantengan sus empleos y se les retribuya justamente por su desempeño), como por la sociedad en la que se desenvuelven (volverse conscientes de que las decisiones que toman tienen consecuencias relevantes).

Esta publicación, que nace con la intención de ofrecer herramientas en una época de grandes cambios y oportunidades, considera que un líder es aquella persona con capacidad de ejercer -de manera excepcional- tareas directivas y de influir positivamente en un grupo de individuos:

“Hemos comprobados que el talento de los líderes influye en la salud de la organización y es que éstos no se contentan con saber que su empresa va bien, sino que buscan ir más allá. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que marcan en buena medida el rumbo de una sociedad”, se expone en el texto.

Pero ser líder no es sencillo y llegar con la idea de hacer el bien común puede ser motivo suficiente para enfrentarse a una serie de obstáculos. Cuando se detecta la necesidad de un cambio organizacional y estratégico en la empresa, es natural encontrarse con directivos –acostumbrados a hacer las cosas de una manera– resistentes a la transformación. En este sentido, la habilidad es importante, habrá que generar estrategias que hagan entrar en razón a los opositores y demuestren los beneficios de las nuevas implementaciones.

Pero cuidado con sobrepasar límites, en Liderar para el bien común los autores hacen especial énfasis en que “las personas con poder tienden a padecer los síntomas de las patologías del poder (…) uno de los síntomas es creerse por encima del bien y del mal y dar rienda suelta a caprichos y excentricidades. Por tanto, el autocontrol, el ponerse límites y la sobriedad generan confiabilidad y fiabilidad, elementos que se convierten en un importante instrumento de integración”.

Y es que es importante que el líder tenga un equilibrio personal, que trabaje en una dualidad donde conocerse a uno mismo y tener la sabiduría de crecer de la mano de diversos colaboradores. “El reto está en esforzarse personal y profesionalmente, como individuo, pero sin dejar de estar acompañado; los frutos de este aparente juego de opuestos se ven en la generación de un líder justo y con un alto nivel de consciencia sobre las consecuencias de cada una de las decisiones que toma”.

Conflictos, un mal necesario

El trabajo de un líder consiste en generar un clima y una cultura laboral adecuada, sin embargo, el trato con el personal no siempre es el más satisfactorio. Si bien los mejores equipos son los plurales y los que están fuertemente cohesionados, es normal que la diversidad se convierta –en ocasiones– en causante de conflictos.

Empero, dicen Luis Huete y Javier García, que las confrontaciones a las que la mayoría les huye, son necesarias y positivas, pues “son clave de que existe la libertad de expresión en la empresa, que hay una relación verdadera entre los integrantes del equipo que luchan por un objetivo en común”.

Los también académicos están convencidos de que la generación de un conflicto es sinónimo de que se están poniendo las bases para que el talento de las personas se renueve y se puedan crear relaciones maduras en las que ambas partes (líder y colaborador) se beneficien.

zyanya.lopez@eleconomista.mx

CRÉDITO: 
Zyanya López / El Empresario

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