Diseñados para ser obsoletos

Julián Soto, director del Departamento de Diseño Industrial de la multinacional AMG, debía decidir entre lograr grandes ganancias para la compañía o tratar de seguir los principios y creencias.


El ingeniero Julián Soto es director del Departamento de Diseño Industrial de AMG, una compañía multinacional del ramo electrónico reconocida por la venta de impresoras y consumibles en el mercado latinoamericano. En el 2006, la oficina matriz le solicitó que los productos diseñados por su departamento entraran a un proyecto de obsolescencia programada.

Él sabía que esto atentaba contra el perfil de la compañía como una empresa socialmente responsable, pero también reconocía las grandes ganancias que se generarían de llevar a cabo este plan.

AMG era una compañía del ramo electrónico perteneciente a un corporativo multinacional asiático que había conseguido ser reconocida en México por sus colores novedosos y tecnología de punta en el diseño de nuevas impresoras y escáneres para el mercado latinoamericano.

A mediados del 2006, Julián Soto, un joven pero experimentado diseñador industrial, comenzó a trabajar como director del Departamento de Diseño que tenía el encargo de proyectar algunos nuevos productos determinantes para la rentabilidad de la empresa. Estos equipos eran específicamente cinco modelos de impresoras de inyección de tinta y otros tantos multifuncionales de distintos precios y colores, que serían utilizados tanto en el hogar como en la oficina, por ser modelos de mediano rendimiento.

En el proyecto de diseño se especificaba que el precio en el mercado de estos productos oscilaría entre los 100 y los 199.99 dólares estadounidenses por unidad (el equivalente a 1,366 y 2,732 pesos mexicanos). En esencia, era el mismo modelo, pero cada uno contaba con distintas presentaciones atendiendo a las indicaciones de la casa matriz en Asia. A la par, se le ordenó que todas las impresoras llevaran integrado un chip que calculase la cantidad de tinta contenida en una esponja y que, al llegar a determinado nivel, desactivara el mecanismo de impresión y sugiriera un cambio de cartuchos que impidiera operar la unidad de modo alguno.

El ingeniero sabía que la mayoría de estos cartuchos contaban con tinta suficiente para seguir operando, aunque reconocía que la empresa buscaba llevar a cabo un plan de obsolescencia programada para vender una mayor cantidad de impresoras y consumibles, pues la única forma de seguir utilizando el equipo era con la compra constante de estos cartuchos. Esta situación ocasionaba que, a largo plazo, la compra de consumibles significara un gasto mayor que el precio total de la impresora nueva.

Por supuesto, toda esta información debería ocultarse a los consumidores, pues la multinacional asiática mantenía el perfil de ser una empresa socialmente responsable. Así, el ingeniero Soto se preguntaba: ¿qué debo hacer ante los requerimientos de diseño que me solicitan en la compañía?

ANÁLISIS DESDE LA ÉTICA DE AMG

La teoría ética del bienestar exige que los individuos hagan un análisis a corto, mediano y largo plazo de las consecuencias de sus actos. En este caso específico, pareciera que la técnica de AMG por aumentar las ventas resulta muy conveniente a corto plazo. Sin embargo, el declararse como una empresa socialmente responsable tiene implicaciones que pueden verse seriamente dañadas con este tipo de prácticas de obsolescencia.

Una alternativa de actuación de AMG, sería el declarar abiertamente que sus productos tienen diseños de producción sustentables, lo que daría a sus clientes la certeza de que comprar una impresora o escáner de su marca les garantiza un mayor tiempo de funcionamiento que el resto de sus competidores.

Este dilema nos permite caer en cuenta de que los comportamientos éticos dentro de las empresas casi siempre deben responder a una decisión racional por parte de sus directivos, decisión que considere los valores, creencias y consecuencias de sus actos a corto, mediano y largo plazo.

*Entendemos por obsolescencia programada al concepto popularizado en 1954 por el diseñador industrial estadounidense brooks stevens como la determinación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio, de modo que, tras un lapso calculado por el fabricante, éste se torne no funcional, inútil o inservible.

PREGUNTAS DETONANTES

  • ¿Cuál debería de ser la actitud del ingeniero Julián Soto ante la solicitud de la matriz?
  • ¿Por qué se dice que el seguir un proyecto de obsolescencia programada atenta contra la responsabilidad social empresarial?
  • ¿Consideras que la obsolescencia programada puede llegar a ser algo cotidiano en el diseño de los productos tecnológicos que usamos actualmente?
  • ¿Es justificable ocultar el tiempo de vida programado de un producto a los consumidores con el fin de no ver afectadas las ventas? ¿Por qué?
  • ¿Cuál sería tu actitud ante un producto que explícitamente está fabricado para dejar de funcionar al poco tiempo?
  • ¿Debería de haber una relación entre el precio final de un producto y su tiempo de vida programado? ¿Por qué?

Basado en el caso “Obsolescencia programada, ¿La mejor opción?” de Israel Vizcarra Varela. Versión de por José Carlos Vázquez, profesor del Área de Formación Humanística y Ciudadana del Tec de Monterrey, Campus Guadalajara.

El Tecnológico de Monterrey y El Economista entregarán un Certificado en Ética para los Negocios a los lectores que resuelvan una serie de casos de publicación quincenal, de los que este texto forma parte. Consulta las bases en
http://eleconomista.com.mx/especiales/etica-para-los-negocios

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acv

CRÉDITO: 
*Israel Vizcarra Varela