Los alimentos y las urbanizaciones del futuro

Se trata de seguir la tendencia back to basics. Foto: Especial

Desde los orígenes de la alimentación hasta las grandes urbes, todo está conectado. El efecto dominó lo podemos ver replicado en nuestros métodos de consumo, la manera en la que sembramos, cosechamos y producimos nuestros alimentos, todo se relaciona con el medio ambiente y el planeta.

Estas acciones pueden contribuir de manera positiva o negativa a nuestro entorno. Las ciudades del futuro dependerán de la manera en la que interactuemos y respondamos a nuestros usos y costumbres, el objetivo de diseño: la calidad de vida de los usuarios y los medios sustentables.

En la planeación de las ciudades debemos considerar la infraestructura y servicios como energía, transporte, agua, educación, servicios de salud, tomando en cuenta los desperdicios y los contaminantes generados que afectan a nuestro planeta y al calentamiento global, pero debemos empezar por la producción y la manera en la que consumimos nuestros alimentos.

Para producir 1 kilo de carne de res, se necesitan 7 kilos de grano y 15,000 litros de agua, y a la vez, cada kilogramo requiere de energía y agua para su producción y transporte, recorriendo en promedio 1,200 kilómetros para llegar de la granja al plato, lo que corresponde a 11% de la huella de carbono. Desde que elegimos comprar algún alimento, hasta su consumo o desperdicio, se genera un impacto en el cambio climático. Para saber cuál es, debemos preguntarnos su origen, cuánta distancia ha recorrido para llegar al punto de venta, cuáles fueron sus sistemas de cultivo y cuánta energía fue requerida para su producción, entre otras.

Entre más cercana sea su producción menos emisiones se generarán, ya que por ser insumos frescos requieren menos refrigeración y, por lo tanto, menos consumo energético, la distancia recorrida también es menor y se promueve el apoyo a la producción local; como resultado obtenemos mayores beneficios para nuestro planeta y para nosotros.

Si pensamos en ciudades inteligentes del futuro para beneficio de los seres humanos, debemos empezar a diseñar sistemas autosustentables donde lo que se produzca en esa tierra sea de manera natural, sin químicos ni pesticidas, debemos regresar a los orígenes, seguir la tendencia back to basics, con alimentos no empaquetados, nada procesado, de origen orgánico y local. Desafortunadamente, 98% de los alimentos no crece en tierras fértiles.

Con la Revolución Industrial, que inicia en la segunda mitad del siglo XVIII, fue muy fácil crecer las ciudades, pasar de lo rural a lo urbano, alejarnos de los sitios de producción de alimentos dejando la sociedad agraria en el pasado e iniciar en la sociedad industrial, y así, obligar a las tierras a producir alimentos que no necesariamente se daban en esos sitios.

Ahora debemos utilizar la tecnología de manera inteligente para evolucionar los modelos de telecomunicaciones, iluminación pública, generación energética y integración social para replantear nuestros núcleos urbanos del futuro.

Así damos inicio al diseño de los smart downtowns, donde debemos tener acceso a todos los servicios y alimentos locales, integrando el movimiento natural de las ciudades al peatón para recorrer sus calles de manera orgánica.

De esta manera, encontramos propuestas de cocinas innovadoras que buscan ofrecer platillos con los productos endémicos, y aún más específico, con los insumos de temporada. De esta manera buscan colaborar e impactar la tendencia de zero foodprint aprovechando todos los recursos y cuidando el ecosistema.

En México encontramos las propuestas sustentables de afamados chefs como Enrique Olvera en el Molino el Pujol, Expendio de Maíz y en el Pujol mismo; Elena Lugo en La cocina del Nicos; Santiago Muñoz con su laboratorio de maíz en Maizajo; agricultores locales como Yolcán, y restaurantes como Contramar que buscan aportar al medio ambiente con sus propuestas.

Nuestro mero mole es hacer restaurantes y food halls a nivel global que generen experiencias extraordinarias para nuestros consumidores e inversionistas.

CRÉDITO: 
Ale Molinar / Space Design en Mero Mole