Segarra, los zapatos que comenzaron como sustento y terminaron en pies de medio país

Foto: Especial

En 1882, Silvestre Segarra era un joven castellonense de veinte años que buscando garantizar un buen futuro para su familia, diseñó los zapatos que calzarían la mitad de los españoles.

Al casarse y con un dinero que le cedió su esposa Josefina García, montó un pequeño taller de fabricación de alpargatas, las zapatillas de esparto que por aquel entonces utilizaban las clases populares de Vall de Uxó, su localidad natal y donde estableció su centro de operaciones.

Durante esta primera etapa, Segarra, junto a seis trabajadores, investigó hasta dar con la fórmula del éxito de sus productos: un calzado de una resistencia no vista hasta la fecha. Pero no fue hasta 1906, coincidiendo con la llegada del hijo del fundador con el que compartía nombre, cuando comenzó la etapa de esplendor de la firma.

"Silvestre Segarra hijo marcó los límites del negocio mucho más lejos de la frontera de su pueblo", comenta Ernesto Canós, el actual gerente del negocio.

Durante diez años estuvo fabricando zapatillas sin parar para aumentar su stock, una estrategia que dio sus frutos en 1916, cuando enviaron una partida de 2.000 pares de zapatillas a un cuartel del ejército en Vitoria.

"Entonces el ejército calzaba botas de esparto. Las de Segarra convencieron ya que, además de dejar muchos números en depósito, se comprometieron a enviarles más cuando se rompieran", explica Canós.

Pero la dureza del nuevo calzado permitía que el ejército ahorrara en reparación y reposición de botas. Así, las elaboradas en Segarra se hicieron famosas y comenzaron a pedir más ejemplares en otros acuartelamientos de España, impulso para el negocio que convenció a Silvestre Segarra para pasar del trabajo manual al industrial.

En 1920, la empresa consiguió la patente Good-Year Welt, maquinaria estadounidense que le permitía aumentar su producción y empezar a fabricar calzado con cuero. "En ese momento, la empresa era capaz de suministrar todo el calzado del ejército español", comenta el actual responsable.

El estallido de la Guerra Civil provocó el saqueo y bombardeo de su fábrica, lo que no impidió el cese de la actividad de Segarra. Al concluir la contienda, la compañía reconstruyó sus instalaciones y desde 1939 inició una etapa de esplendor en la que llegó a dar trabajo a 5.000 personas.

"Era una empresa puntera en Europa, ya que en torno a la fábrica sus responsables crearon una colonia de 300 viviendas para los trabajadores, que acompañaron con una clínica, la escuela infantil e instalaciones deportivas", explica Canós.

La suerte de esta compañía cambió entre la década de 1970 y 1980. La llegada del calzado asiático y unos niveles de producción insostenibles provocaron el cierre de la empresa. Un periodo gris que acabó en 1989, cuando la familia Canós, también fabricante de zapatos, se cruza en el camino de la centenaria firma.

"Trabajamos el calzado vulcanizado y relanzamos la bota militar y los modelos de trekking, el producto estrella en esta etapa", comenta el actual gerente de una firma que cuenta con 40 trabajadores y factura en torno a tres millones de euros al año.

Fervor en los repartos

"Entre 1940 y 1970 no había una sola familia en España que no tuviera unos zapatos de Segarra en casa", comenta Ernesto Canós, el actual responsable de la compañía. Tal era el fervor que despertaba este calzado entre la gente que a la llegada de los camiones desde las fábricas a las tiendas, se organizaban montoneras que tenían que ser controladas por la policía.

"Esperaban mucho para llevarse su par", comenta Canós, sobre una etapa en la que la exportación llegó a representar 68% de las ventas totales.

CRÉDITO: 
Expansión España / RIPE