El hotel de corazón indígena que empodera a mujeres

Doña Rufi, administradora de Taselotzin, sonríe y recibe alegremente a los huéspedes.Foto EE: Rosario Servín

Taselotzin es administrado por mujeres de seis comunidades indígenas

Son las 8 de la mañana y Juana Chepe, Juanita, como sus conocidos le llaman, inicia operaciones en Taselotzin, (que significa “lugar de plantitas tiernas” en náhuatl), un pequeño hotel ubicado en Cuetzalan, Puebla, que tiene corazón indígena, pues las trabajadoras y líderes son de comunidades indígenas.

Juanita, la gerente general, revisa los pendientes y coordina lo que el día depara. En tanto, otra compañera, doña Teófila, tímida y a la vez sonriente, hoy toma el puesto de mesera en el restaurante, que desde temprano recibe a los huéspedes que buscan un café, chocolate caliente y un desayuno casero aderezado con el sabor único de las cocineras.

A las 9 de la mañana llega al hotel Rufina Villa o doña Rufi, la administradora, quien sonriente, alegre y con calidez, recibe a sus invitados y se prepara para hacer de este día algo especial, experiencia que siempre buscan dar en su servicio.

Emocionada y chiveada, Rufina narra a El Economista que la historia del hotel comenzó hace 24 años, como parte de la organización Masehual Siuamej Mosenyolchicauanij S de S.S, la cual surgió ante la necesidad de generar recursos propios y disminuir la migración de las comunidades indígenas.

“A mí me invitaron a ser socia de la organización en 1985 y cuatro años después fui nombrada parte del consejo, donde me encargaba de comercializar las artesanías que elaborábamos, a precios justos. Con el tiempo, vimos que no sólo de artesanías podíamos vivir, así que en 1995 pensamos en el hotel y dos años después comenzamos a operar formalmente”, relata.

En la organización, Juanita fue la encargada de buscar mercado para la venta de artesanías a nivel regional. Iba a universidades y zonas de potencial venta. “No sabía cómo salir a la ciudad, tenía miedo, pero las compañeras me decían que no temiera, que ellas me ayudaban viajando con otras que conocían la ciudad. Aquí entre todas nos ayudamos”.

El hotel, construido y administrado totalmente por mujeres indígenas de seis comunidades: Xiloxochico, Cuauhtamazaco, Pepexta, San Miguel Tzinacapan, San Andrés Tzicuilan (de donde es Rufina) y Chicueyaco (hogar de Juanita), hoy emplea a 14 personas directas. Cada año reciben en promedio más de 1,800 huéspedes, nacionales y extranjeros; sin embargo, el camino no ha sido sencillo.

Las dificultades

Rufina y Juanita sufrieron muchas adversidades desde su infancia, ambas sólo estudiaron la primaria y tuvieron que trabajar a edades muy tempranas, pero eso no las detuvo, ya que hoy a sus 63 y 58 años, respectivamente, han logrado muchas cosas.

Antes de unirse a la organización, Rufina bordaba, se dedicaba a cuidar a sus ocho hijos, molía el maíz en metate, hacía tortillas y preparaba la comida de su esposo que trabajaba en el campo, mientras que Juanita se dedicaba a las artesanías y tareas del hogar, hasta los 25 años cuando salió de su casa, aunque tenía un reto, sólo hablaba náhuatl, pero desde que entró a la organización aprendió castellano y más.

Ambas mujeres, así como las 45 que comenzaron en la organización, aprendieron diferentes temas. Por ejemplo, finanzas, contabilidad e incluso Rufina tiene un diplomado en masajes, los que pone en práctica en el hotel.

El mayor problema que las empresarias han tenido es no saber nada sobre ventas o cómo administrar, así como confiar en personas no honestas. Por ejemplo, con una contadora tuvieron que pagar multas de hasta 40,000 pesos y una alerta de embargo al Sistema de Administración Tributaria por no hacer declaraciones de tres años. También recibieron multas de salubridad de más de 4,000 pesos por no pedir permisos antes de abrir. Para ello, una organización que apoya a mujeres indígenas les dio asesoría legal y las acercó con especialistas.

Otro reto fue la negativa de los vecinos de construir el hotel, por lo que incluso pusieron piedras donde se construía para que no pudiera operar, pero ellas denunciaron y retiraron los obstáculos.

“Ofrecimos trabajo a los habitantes que sabían de puertas, ventanas, herrería, etc. Lo que no veían es que este negocio es para el beneficio de todos, y así dejaron de estar en desacuerdo”, narra Rufina.

También han recibido apoyos financieros. Obtuvieron 350,000 pesos por parte de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, después 515,000 del Fondo Nacional de Apoyo a Empresas de Solidaridad y otros créditos, que les permitió construir, en un principio, 10 habitaciones y dos albergues (hostales); hoy son 18 cuartos.

La organización tiene 100 integrantes, 55 son socias del hotel, y todas reciben regalías, aunque no trabajen en él, las cuales son en especie como despensas, material para construcción, préstamos sin intereses o lo que necesiten.

Algo que también han vivido son los estigmas de las comunidades. Juanita siempre se ha dedicado a su trabajo y ha sido segura de sí misma, sin dejar que nadie le diga que no puede hacerlo. Incluso, en el intento de embargo, se negó fuertemente a que lo realizaran. Rufina también se enfrentó al miedo, ya que en un comienzo pedía permiso para ir a la organización y hacer lo que quería, aunque su esposo no se lo impedía.

“Después me di cuenta, ¿por qué tengo que pedir permiso? Así que sólo empecé a avisar lo que iba a hacer y a veces ya ni eso, luego me salía o todavía salgo y pienso: Ay, no le dije a mi esposo a dónde iba”, relata entre risas y su actitud rebelde.

Incluso Rufina convenció a su esposo don Antonio de trabajar en el hotel haciendo el mantenimiento y como velador, trabajo que al principio se negaba, pero que ahora le encanta y al que se dedica apasionadamente.

El acceso a la tecnología

Juanita y Rufina admiten que el camino no ha sido sencillo, pero con el tiempo han ido aprendiendo, pues “no hay de otra”, y algo que ha sido más complicado que los números es la tecnología, por ejemplo, cuando comenzaron a usar computadoras, los programas como Excel y recientemente los celulares.

Las reservaciones las hacían en un libro, pero con asesoría aprendieron a hacerlo en la computadora, lo que les facilitó todo. Ahora implementan otros servicios como Facebook, Messenger y WhatsApp Business.

Ante la presencia de estas redes, Emilia Arroyo, otra compañera, propuso las redes sociales y WhatsApp, en un principio, su número personal con el que atendía dudas o hacía reservaciones.

Desde enero usan WhatsApp Business, con ello han aumentado las reservaciones 50% y la atención, según los huéspedes, es mucho mejor y más sencilla.

Emilia explica que la mayor ventaja es responder rápidamente, enviar fotografías del lugar, hacer fácilmente su reservación e incluso ayudar a llegar, si es que se pierden, algo como su GPS personal: “La manera más rápida para los clientes es tener asistencia más pronta y por eso usamos el WhatsApp”.

“Antes veía difícil que mujeres mayores pudiéramos con esto, pero la verdad sí facilita mucho las cosas. No soy mucho de celulares, solo para lo indispensable y eso porque me lo dieron mis hijos, pero aquí en el hotel es una gran ventaja”, confiesa Rufina.

Conectar con las raíces

El objetivo de todas las mujeres que forman parte de Taselotzin es ofrecer una experiencia única, acercarse con la naturaleza, desconectarse del caos y entrar en contacto con las raíces indígenas.

Por ello, también venden sus artesanías como los huipiles y blusas bordadas que hace Juanita, tinturas, jabones y pomadas para diferentes males basados en la herbolaria que todas fabrican y las comidas típicas de la región. También hacen limpias, tienen temazcal y dan masajes. Los costos de los productos van de los 20 a 50 pesos y la ropa a partir de 250.


En su misión de cuidar el medio ambiente, tienen cultivos de plantas medicinales, toda la ropa la lavan a mano para cuidar la energía, una de las dos cocinas usa leña en lugar de gas, en los cuartos hay jarras con agua en lugar de botellas, ponen cubetas para no desperdiciar el agua que sale al comienzo de las regaderas y recientemente compraron un terreno detrás del hotel para preservar los árboles que ahí están.

Otra de sus iniciativas es el turismo comunitario, que consiste en visitas para conocer a mayor profundidad el trabajo que realiza la organización, cómo viven, la forma de hacer artesanías o aprender náhuatl, todo viviendo en casas de las mujeres y conviviendo de cerca con las familias. Esto lo hacen una vez al año por cuatro noches y tres días, y este año se hizo con estudiantes de Canadá que llegaron por un convenio con la Universidad Nacional Autonóma de México.

El hotel se ha vuelto parte del patrimonio de la comunidad y ha cambiado la vida de Rufina, Antonio, Juanita, Emilia, Teófila y todas sus integrantes, quienes dedican desde las 8 o 9 de la mañana hasta las 20 o 21 horas, toda la semana aunque también se toman sus días de descanso, por ejemplo, doña Rufi que va a su iglesia y visitar a enfermos para darles bienestar.

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CRÉDITO: 
Elizabeth López Argueta / El Empresario