La metamorfosis del peso

Hace algunos días, platicando con diversas personalidades tanto del sector empresarial como con inversionistas nacionales y extranjeros, estos me comentaban a cerca de las transformaciones que ha tenido la economía mexicana y con ello su divisa rectora como lo es el peso.

En el periodo comprendido de la década de los años 40 hasta finales de la década de los años 60, la economía mexicana transitó por un camino de crecimiento y cambios tanto económicos como sociales, en las que nuestro país se industrializo y empezó a exportar principalmente hacia los Estados Unidos de Norte América. En dicho periodo, la bonanza se asomaba en México, el país crecía y la sociedad gozaba de ciertos niveles de bienestar propiciados, a la par, por el surgimiento de instituciones nacientes al interior de un Estado benefactor que cuidaba por la salud, la educación y el bienestar en general de los mexicanos.

Por su parte, nuestra moneda dejaba ver, de igual forma, las bondades de esa prosperidad, asumiendo las características de un peso fuerte, robusto que podía competir a nivel mundial al ubicarse con un tipo de cambio promedio de $12.50 pesos por dólar durante un largo tiempo, aparejado de un buen poder adquisitivo que se traducía en que a la población en general le alcanzaba no sólo para comer, sino para darse uno que otro lujito, ya que en general los precios de los bienes los hacía accesibles.

El llamado “milagro mexicano” de aquella época, generaba optimismo y dejaba ver al mismo tiempo, que de continuar con esa tendencia, México aseguraría la incursión en el mundo de los países industrializados, desarrollados y ricos, beneficiando con ello a la creciente población, misma que emigraba del campo a la ciudad en busca de un mejor porvenir y nivel de vida para sus seres queridos.

Pero dicho panorama dio un giro de manera inversa; cual camaleón, el país asumió otro ropaje ante el mundo y ante nosotros mismos. Los déficits fiscales, la caída del precio internacional del petróleo y la naciente falta de competitividad del aparato productivo, marcarían el derrotero que seguiría nuestra economía en la transformación de las condiciones de nuestro país y con ello, de nuestra moneda.

El peso perdió fuerza, se debilitó y el horizonte se vislumbró sombrío, cobijando bajo su sombra a una moneda que ahora le tocaría asumir un ropaje de inestabilidad, de alti bajos, de vaivenes cíclicos derivado de su expresión del comportamiento de la economía nacional.

Después de casi dos décadas de sortear los resultados de la globalización, parecía que el peso se fortalecía, que ganaba terreno y que nos volvíamos competitivos pero algo sucedió y nuevamente es necesario mutar de piel. Una vez más, la caída de los precios internacionales del petróleo se ha presentado generando, entre otros factores, desajustes económicos que nos obligan a ponernos alertas y diseñar algunas políticas y estrategias económicas de blindaje, a fin de hacer frente a la adversidad, pues el camaleón insiste en transformar su aspecto, en cambiar su forma, dejando ver en la actualidad a una moneda débil y frágil, siendo presa fácil de los especuladores pero en fin, esperemos que el cambio del camaleón no nos lleve a posponer nuestros planes como nación y como personas.

Que los tan anhelados sueños que aún conservamos los mexicanos se vean hechos realidad, ya que de lo contrario, quedaran en el anecdotario que esperamos, lean nuestros nietos.

El autor es economista y catedrático de la EBC, profesor de posgrado en el Campus Dinamarca, colaborador en DNC consultores, Centro de Estudios Estratégicos y Alta Dirección