Tlaquepaque, artesanías que hablan de historia

Archivo/Eleconomista.mx

El movimiento artístico reconfigura el rostro de los artesanos

San Pedro Tlaquepaque, Jalisco. En este lugar es tanto el amor que se siente por la tierra que sus pobladores la hicieron artesanía para honrar su identidad. Así se explica la tradición milenaria de trabajar el barro, material que ayer dio oficio a un pequeño pueblo y moldeó el destino del que es hoy el centro alfarero más grande de México y uno de los principales polos turísticos en la Zona Metropolitana de Guadalajara.

Desde la entrada, a 12 kilómetros de distancia del Centro Histórico de la capital jalisciense, Tlaquepaque recibe a los turistas con la estética de su Puente Artesanal, simbólica frontera entre lo cotidiano y lo artístico (aparentemente hecha con ladrillos), que muestra con orgullo, en uno de sus frentes, el escudo de armas donde quedó plasmado el origen alfarero de la población.

A partir de ahí, la atmósfera citadina de la perla tapatía se va perdiendo y se respira un aire tradicional y bohemio, más propio de una localidad cargada de artistas.

Se puede percibir de un solo golpe este nuevo ambiente iniciando el recorrido en la Plazoleta del Arte (calle Independencia, esquina con Ejército), lugar de eventos y exposiciones artísticas donde convergen centenarias casonas, galerías, tiendas artesanales, bares y restaurantes; construido en honor a la ciudad hermana de Springfield, Missouri, en Estados Unidos.

La otra opción es ir entre calles, descubriendo museos, iglesias, jardines y, sobre todo, los talleres donde los artesanos abren sus puertas para mostrar al público el proceso creativo que siguen sus obras.

La materia prima

San Pedro Tlaquepaque, como se llama el municipio, está dividido en cuatro barrios, representados con igual número de jardines en el Centro Histórico de la localidad y diferenciados cada uno por contar con un sello artesanal propio, que cada vez es más acentuado por la variedad de técnicas y materiales que se han incorporado a la zona.

Así, de ser una comunidad que se caracterizaba únicamente por su labor con el barro, que abunda tanto que se le encuentra hasta en el nombre -pues Tlaquepaque deriva de Tlalic-Pac, vocablo antiguo que significa “sobre lomas de barro”-, se fue convirtiendo en una plaza artesanal donde también se trabaja la madera, vidrio soplado, cerámica de alta temperatura, papel maché, latón y muchísimos otros recursos; hasta llegar a ser el espacio artístico que hoy a todas luces se perfila.

Los inicios de toda esta historia se pueden percibir en museos como el Regional de Cerámica (en el 237 de la calle Independencia), que en sus nueve salas muestra desde piezas toltecas como botellones, ollas, jarras y tinajas, hasta las populares figuritas antropomorfas de don Ponciano y Rosa de Panduro, nietos del célebre don Pantaleón, quien fuera el primer gran embajador de la artesanía tlaquepalquense a nivel nacional, en épocas de Porfirio Díaz.

Cuenta la historia que el día en que el Presidente oaxaqueño estuvo de visita en la localidad, don Pantaleón Panduro empezó a moldearle un diminuto busto en arcilla, el cual dejó tan complacido al general, que en agradecimiento lo designó Mandatario de la República por una hora.

Cierto o no, hasta la fecha, los familiares de este artesano continúan con la tradición de hacer la figurita en miniatura de cada uno de los presidentes del país. La colección completa puede verse en el Museo Pantaleón Panduro del Premio Nacional de la Cerámica (Prisciliano Sánchez, 191).

Una amplia variedad de técnicas forman parte de esta exhibición, que tiene el atractivo adicional de estar en lo que fuera el área de psiquiatría de un antiguo hospital administrado por religiosas, hoy constituido como el Centro Cultural El Refugio, que ofrece un amplio programa de actividades culturales, talleres y eventos de diversa índole.

Los moldes

Un atractivo que dice mucho de la naturaleza de este lugar es la arquitectura de sus parroquias, jardines y plazas, pero sobre todo, de sus imponentes casonas de estilo neoclásico que datan de los siglos XVIII y XIX.

Construcciones que fueron los espacios veraniegos de las acaudaladas familias tapatías de aquel entonces y que hoy albergan museos, restaurantes y por supuesto, galerías a lo largo de la vialidad principal de esta comunidad: la calle peatonal Independencia.

Un ejemplo de la importancia que alcanzaron estas viviendas es la llamada Casa Histórica, que conserva su traza original y ha sido declarada Monumento Histórico, porque en su interior el general Pedro Celestino Negrete proclamó, en 1821, la Adhesión al Plan de Iguala de Agustín de Iturbide, con lo que México lograba su independencia.

Las obras

“Oficio noble y bizarro, de entre todos el primero, pues en el oficio del barro, Dios fue el primer alfarero y el hombre el primer cacharro”, reza una leyenda en el taller de don Paco Padilla (Prisciliano Sánchez 134), artesano por herencia, poeta y trovador por gusto propio, quien trabaja la cerámica a alta temperatura, prácticamente de puertas abiertas, para todo aquel visitante que tenga la inquietud de conocer sobre su labor.

Y como éste, desperdigados por la ciudad e incluso hasta el poblado vecino de Tonalá, existe un gran número de talleres que constituyen otro gran atractivo que no sólo se puede, sino que se debe visitar, si se quiere vivir una experiencia completa y conocer a fondo el tema de la artesanía jalisciense.

El municipio ofrece algunos recorridos, incluso gratuitos, pero también existe la opción de contactar a un alfarero con toda la experiencia y conocimiento del lugar como don Pablo Paredes Goche, monero, quien a través de su obra (figuritas de barro en miniatura) intenta dejar retratadas distintas escenas típicas de aquellos paisajes.

“Barrios de barro” se llama el recorrido con el que don Pablo lleva a los turistas de la mano a conocer el espacio que le ha servido de inspiración por más de 50 años, así como el proceso de su labor, desde dónde compra el material, hasta cómo diseña sus modelos. El reto, al final, será hacer su propio monito, con lo que el viajero se lleva, más que un souvenir, un verdadero recuerdo de su visita.

Los artistas

Si más allá de conocer al creador y sus métodos, lo que se busca es disfrutar del colorido y esplendor de una obra de arte terminada, entonces es momento de un recorrido por la columna vertebral de Tlaquepaque, la avenida Independencia, un escaparate peatonal que congrega cientos de galerías y restaurantes entre los patios y habitaciones de majestuosas casonas de los siglos XVIII y XIX.

Los embajadores del arte tlaquepalquense, oriundos o no de la localidad, exponen ahí sus obras y hacen de lo que empezó como un espacio de comercialización un verdadero museo que mide el pulso artístico de la región.

Así, se pueden visitar las galerías de Agustín Parra, pintor, escultor, retablista y mueblero, quien entre muchos otros logros fue nombrado por la Conferencia del Episcopado Mexicano, proveedor oficial del Vaticano y tuvo el encargo de diseñar y fabricar la silla papal con motivo de la IV visita a México de su Santidad Juan Pablo II en 1999, de cuya pieza hay una réplica exacta al interior de la tienda.

Casi enfrente, se encuentra la galería de Jesús Guerrero Santos, ceramista que diseñó algunas piezas religiosas con motivo de la reciente visita del Papa Benedicto XVI a la ciudad de León y que produjo y dirigió el montaje de un árbol de Navidad de 8 metros instalado en el Vaticano, cuyos ornamentos incluían pájaros, querubines y frutas de temporada hechos de cerámica.

Otro espacio importante es el del escultor Sergio Bustamante, originario de Sinaloa pero inspiración de los artesanos de Tlaquepaque, por ser uno de los primeros en incorporar tendencias contemporáneas y apostar por un sello propio con sus figuras mágicas. Tal vez una referencia inmediata de su obra sea la monumental escultura “En busca de la razón” sobre el malecón de Puerto Vallarta.

A unos pocos pasos, la figura de un rechonchito mariachi, además de un buen motivo para una foto, es la carta de presentación de la galería de Rodo Padilla, el Botero mexicano, escultor en alta cerámica, cuya obra representa a los personajes típicamente mexicanos en sus dimensiones más robustas.

Descendiente de una familia de alfareros, Rodo encontró un estilo propio que lo ha llevado a exponer en diversas partes de la República Mexicana y en varias ciudades de Estados Unidos. Quizá la más reciente en el Hospicio Cabañas de Guadalajara, donde montó la exhibición titulada De los niños será el reino de los cielos, desde agosto del 2012.

Y como ellos, muchos otros artistas se van abriendo paso y ganando reconocimiento. Por el lado de las mujeres, destaca la decoradora de interiores Martha Figueroa, quien inició dignificando y revalorando los equipales (un tipo de silla que en náhuatl significa sentadero o trono de reyes) y que ahora destaca por la tienda Adobe.

También está Carmen Vera, con la galería ÍO, cuya apuesta es crear piezas decorativas que trascienden por la calidad de su diseño, y Lourdes Martínez Pizarro, quien de fabricar ropa pasó a hacer esferas de papel maché y hoy trabaja con materiales como metal, vidrio y mosaico cerámico.

Un catálogo de artesanías, un vibrante museo con las obras de los principales artistas de la región, un espacio gastronómico y de entretenimiento y hasta un cinturón de monumentos arquitectónicos, eso es la calle Independencia en Tlaquepaque, que está coronada, en uno de sus extremos, por El Parián, el sitio de reunión de los tlaquepalquenses.

Éste es el rostro moderno de una localidad que se aferra a conservar su aire provinciano y que, de hecho, reúne signos propios de la mexicanidad, como la artesanía, gastronomía, tequila y mariachi, que junto a una infraestructura turística cada vez de mejor nivel, están haciendo de Tlaquepaque un destino sólido en el Occidente del país.

CRÉDITO: 
Ricardo Alonso, El Economista