Sí hay oportunidades para vinos mexicanos

Foto: Especial / elcafetindelastres.es

El vino mexicano ocupa solo 30% del mercado total de dicha bebida en México.

La llegada de las festividades navideñas es una oportunidad para impulsar el consumo de vino mexicano, donde el proveniente de regiones como Baja California, que es más fuerte es ideal para platillos que involucran mole como los romeritos, señaló en entrevista Alejandro Langlois, representante de vinos mexicanos de Ferrer.

Y es que de acuerdo con datos del Consejo Mexicano Vitivinícola, el vino mexicano ocupa solo 30% del mercado total de dicha bebida en México que llegó a 70 millones de litros en 2013, contra los 27 millones de litros que se consumieron en el 2000.

“Es un producto que se sigue considerando de lujo, todavía no forma parte de las bebidas que acompañen la comida usualmente, sin embargo una de las tendencias en los últimos dos años ha sido que el consumidor mexicano de vino ya empieza a confiar en la producción nacional, en las zonas de Baja California se produce vino potente que va muy bien con la comida condimentada típica de estas fechas” señaló Alejandro Langlois.

Datos del Consejo Vitivinícola apuntan que solo el 17% de la población mexicana consume vino, con un consumo per cápita anual de 0.62 litros, además de que impera la percepción de que el consumo de vino nacional es muy caro, no obstante que 80 pesos es el precio promedio de anaquel del vino mexicano.

En ese sentido, Alejandro Langlois señaló que las opciones económicas de vino nacional no están relacionadas con la calidad necesariamente, y que de hecho algunas que son de precios bajos pueden ser la opción correcta para los consumidores que apenas van comenzando, “conforme adquieran el gusto su paladar se volverá más exigente” refirió.

“Hay una curva que muestra que los consumidores han ido girando paulatinamente al mercado nacional, culturalmente se empieza a asociar el vino con comida en el país, y a comida mexicana, vino mexicano” concluyó Langlois.

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CRÉDITO: 
Claudia Tejeda, El Economista