Lanzan concurso para pizzeros artesanales

Foto: Especial

La Cámara de Comercio de Italia en México (CCIM) presentó la segunda edición del Campeonato de la Pizza en nuestro país. La convocatoria está dirigida a los pizzeros artesanales para promover la unión cultural entre ambos países y brindarle al ganador su lugar en el Campeonato Mundial de la Pizza 2017.

Alberico Peyron, presidente de la CCIM, indicó que la competencia tiene la finalidad de encontrar la mejor mezcla entre la tradición italiana y la cultura gastronómica mexicana.

La convocatoria está abierta hasta el 31 de agosto en www.campeonatopizza.mx y podrán participar todos los pizzeros mayores de edad, nacionales y extranjeros que trabajen en la República Mexicana.

La primera etapa consistirá en la evaluación curricular, de la que saldrán 10 pizzeros, quienes se presentarán en una competencia abierta al público en El Casino Campo Marte, el 10 de octubre, para mostrar su mejor Pizza Margherita, Pizza fantasía y Pizza Artística.

En México hemos visto en los últimos años un gran crecimiento de pizzerías. Estimamos que existen hasta 1,000 de todo tamaño y distinta calidad…Queremos informar al público sobre qué cosa es una verdadera pizza, la cual se distingue por cumplir con la norma italiana, en la que se indica que la masa sólo puede estar hecha por agua, harina, levaduras y sal; cocinada en horno de leña; una fermentación natural y haber sido estirada a mano. Porque gracias a ello la pizza resulta ser más ligera y digestible”, explicó Alberico Peyron.

Mientras que en Italia se consume una pieza de pizza por cada 1,000 habitantes, en México el consumo es de una pieza por 120,000 habitantes, estimó el entrevistado, quien adelantó que expandirá al sector turístico nacional su programa de beneficio a pymes mexicanas con metodologías italianas, que desde el 2007 ha consolidado a más de 30 compañías en la exportación e impactado a más de 200 empresas.

En Italia 99% de las empresas son pymes, las cuáles aportan 60% de sus exportaciones.

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CRÉDITO: 
María Alejandra Rodríguez / El Economista